Hoy vi cómo se llevaban el coche
abandonado. Aquel Mercedes gris de los años noventa en el que tantos ratos
vivimos juntos. La escena era realmente patética: la grúa apenas cabía por el
estrecho callejón y tuvo infinidad de dificultades para llevarse aquella mole de
chatarra. Y allí estaba yo, de pie junto a él, fumándome un cigarro de liar
mientras los operarios me miraban con curiosidad. Llegaron a hacerme algunas
preguntas que decidí ignorar. Al fin y al cabo, ¿qué había de malo en que un
joven muchacho viera cómo se llevaban un cachito de su vida? Nada, desde luego.
Cuando hubieron terminado su trabajo los operarios, di un último calo a mi
cigarro, lo arrojé al suelo y lo pisé. Tras ello, escupí y fui a trasladarle
aquella noticia a Salvi. El último vínculo que quedaba entre nosotros había
desaparecido.
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