Hay algo que me gusta de la noche: su silencio. No es un silencio cualquiera, no. Es un silencio distinto a los demás. No es el silencio que sigue (o a veces precede) a la tragedia, no. Tampoco es ese incómodo silncio que se hace entre dos personas que son conscientes de que ninguno de sus anhelos o experiencias podrían ser del interés de la otra. Es un silencio distinto, único, que trasciende la mera ausencia de sonido. Es un silencio vacío y libre de pesar, lamento o incomodidad. Nadie lo mancha de sus estúpidas emociones. Es un silencio que no requiere de nadie. Él se crea conforme las luces de la gran ciudad se van apagando, paulatinamente, e invade lo aposentos de todos nosotros, solitarios. Y una vez eres invadido por este silencio, no podrás deshacerte de él. Te acompañará a cada paso que des, sea en tu esmirriado cuarto o por dondequiera que deambules. Pero jamás da señal o prueba alguna de ello: simplemente está. ¿Que cómo lo sé? Quizá más adelante me aventure a contarlo, si bien dudo mucho que las estrechas y felices mentes de quienes jamás fueron acompañados por este silencio, de quienes todas las noches duermen y cesan su banal y rutinaria actividad creando inconscientemente el camino por el que el silencio recorre cada noche la ciudad hasta conquistarla, puedan siquiera acercarse a comprenderlo.
Me estoy yendo por las ramas: divago auspiciado por la cándida calidez del vino que se acopla a mi cabeza y cada vez me desvío más de lo que yo he venido aquí a contar. Pero soy incapaz de volver atrás, rebobinar el hilo que han seguido mis pensamientos conforme los escribía y comenzar a manchar un nuevo folio, así que simplemente volveré al punto inicial… Hay algo que me gusta de la noche: su silencio. No es un silencio cualquiera, no. Es un silencio capaz de invadir no solo la ciudad al completo, sino la mente de cada pobre infeliz que inconscientemente se deja. Y una vez uno ha sido poseído sin saber cómo por él, se entrega al divagar y al pensar. Las ideas fluyen rápido y sin cesar; antes de entregarte a la última de ellas, la siguiente ya se está abriendo camino. Podría decirse que, invadido por el silencio de la noche, nuestro cerebro abre sus puertas cual embalse y deja fluir libre un caudal de pensamientos infinitamente mayor al que cualquiera de ustedes haya podido experimentar incluso bajo la influencia de cualquiera de esas drogas de las que, se dice, expanden tu mente o son fuente de inspiración para infinidad de artistas. Pero yo no me considero un artista ni jamás lo haré. Yo no creo belleza, ni tengo público, ni jamás tendré el reconocimiento de nadie… simplemente, a veces transformo el fruto del silencioso y nocturno divagar en palabras. Salen solas de mí, como si me poseyeran, y las vomito sobre cualquier papel. Creo auténticos ríos de tinta, puesto que apenas levanto la pluma del papel cuando me invade el éxtasis, que serpentean y caracolean sin ningún sentido ni forma aparente, pero que bajo la atenta mirada con la que los examino al terminar se convierten en palabras trazadas abruptamente; a veces incluso llegan a cobrar forma y sentido tras leerlas, siempre en silencio para no romper la atmósfera que propició su nacimiento.
¿Saben? yo me consideré un artista (o al menos consideré que podía llegar a serlo), pero aquellos días pasaron hace ya mucho tiempo. Hubo un tiempo en el que yo creaba belleza y me regocijaba en ella. Sabía amar, y no sólo a las personas: llegué a amar al pequeño chihuahua que me acompañó hasta bien entrada mi adolescencia, al coche abandonado donde me refugiaba las noches de invierno para poder drogarme con mis amigos, al arte e incluso a los domingos. Era un hedonista, un vividor como dirían algunos ahora… disfrutaba de la vida, me arrojaba sin el menor vacile a lo que el destino me pusiera por delante e incluso creo que habría llegado a luchar o hasta dar mi vida por defender aquello en lo que yo creía, aquello que para mí era bello y perfecto. Sin embargo, mientras escribo sobre ello no puedo evitar que me tiemblen las manos de rabia… ¡qué lejanos se ven ya para mí aquellos días, y qué estúpido me parece ahora todo aquello en lo que yo creí! Fui un idiota, un insolente que se arrojó a la vida sin preguntar y al que nadie tuvo tiempo de avisar sobre el vacío al que estaba a punto de precipitarse. Tomé decisiones erróneas sin consultar a nadie ni meditarlas. Perdí amigos (es la segunda vez que escribo hoy esta palabra, y siento una especie de crujido sordo y hueco salir de mis adentros cada vez que lo hago), perdí oportunidades; tiré mi vida por la borda hasta llegar a perder las facultades que a tanto me habían hecho aspirar. ¿Todo ello por qué? Ni a día de hoy sabría decirlo. Simplemente entré en una espiral de autodestrucción que hasta aquí me ha llevado.
Digo “aquí” como si ustedes pudieran verme a mí o conocieran mi situación actual. Siento mi error, será que me he acostumbrado a escribir para mí y para nadie más; muy lejos quedaron ya los tiempos en que algunas personas, por reducido número que fueran, esperaban con ansia mi siguiente publicación e incluso me dejaban a veces sinceros mensajes de agradecimiento o a veces admiración (estúpidamente recargados en su estilo, como si sintieran que al escribirle, valga la redundancia, a un escritor debieran hacerlo elevándose a su altura). Esos tiempos ya pasaron, y probablemente ninguna de esas personas se pregunte siquiera qué fue de mí. Probablemente ya sea un simple y difuso borrón en su memoria.
Vuelvo a irme por las ramas, maldita costumbre: hace ya mucho que dejé de escribir con intencionalidad o persiguiendo un determinado fin, y hoy que tras tanto tiempo tengo algo por lo que escribir (más tarde comprenderán los motivos que me han llevado a esto) me dejo arrastrar en exceso por el vacío poder del silencio de la noche. Pues sí, como iba diciéndoles hasta aquí he llegado, hasta el encierro casi absoluto en mi hedionda estancia y la quimérica vida de todo ser nocturno y solitario. Vivo encerrado entre cuatro paredes forradas de un asqueroso gotelé que antaño debió ser blanco, pero que hoy se muestra amarillento por el humo. No limpio u ordeno mi estancia hasta que toda la mierda y los cachivaches que hay tirados me dificultan en exceso el paso puesto que ya me acostumbré a vivir con ellos y los asimilé como una extensión cambiante a mi propio ser. Me alimento de aquello que más barato resulte: al fin y al cabo, por mucho que trate de establecer diferencias todos los alimentos me saben igual. Ya no encuentro placer en la comida ni en las personas. Ni siquiera la droga, que cada vez veo más culpable de mi actual estado, me proporciona ya placer: me he habituado a ella y, si bien altera completamente mi estado de consciencia, se me hace ya más extraño o, digamos, novedoso el sentimiento de estar completamente sobrio. Ironías de la vida, supongo. Me paso los días mirando al techo, contando el paso de los segundos como si así fuera necesariamente a pasar algo, como si de alguna forma el tiempo fuera a percatarse de que alguien vigila atentamente su agonizante paso y ello le inspirara algún tipo de ternura o pena que le hiciera… qué sé yo. El tiempo es el tiempo, nada más, y por ningún motivo pasaría nada de lo que estoy diciendo. Pero de ello vivo yo: de sinsentidos, de absurdos, hasta el punto de que siento haberme convertido en un sinsentido más. No me refiero a que mi vida haya perdido el sentido (¿lo tuvo acaso algún día? ¿lo tiene acaso alguna vida?), no, sino a que yo en mi totalidad soy un absurdo amasijo de sentimientos y anhelos que no concuerdan entre sí, carentes de cualquier tipo de armonía o significado. He tratado con enorme ahínco de analizar mis emociones y pensamientos, he intentado de algún modo desnaturalizarlos y descomponerlos para hallar su esencia… pero me he dado cuenta de que no la tienen. Mis sentimientos son artificiales e inocuos; una mera imitación de los gestos que siempre observé en los demás y que no deja de ser lo que es: una burda imitación, una pantomima grotesca e irreal. ¿Saben cuánto me horrorizó esto cuando lo descubrí? Por supuesto que no. Aun en el improbable caso de que esto sea algún día leído por alguien, jamás comprenderá lo que estoy diciendo. Probablemente ni siquiera llegue hasta este punto. Pobre loco, pensará, pobre loco, y volverá a dejar estos folios dondequiera que los encontrara.
Una vez más me he desviado, disculpen. Disculpen. ¿Quiénes se supone que han de disculparme? Quizá yo mismo, puesto que a fin de cuentas esto no deja de ser una especie de delirio en forma de febril monólogo. Pero, volviendo al asunto que nos traía entre manos… ¿Saben cuánto me horrorizó esto cuando lo descubrí? Desde luego, no fue comparable a la impresión que me dio percatarme de que ese horror no dejaba de ser otra pantomímica y vacía imitación de las expresiones que siempre observé en los demás y que jamás llegaré a comprender. No obstante, hubo en esta impresión algo sublime, algo maravilloso. Esta impresión me abrió los ojos a un hecho con el que bien podría haberme dado de bruces en cualquier otro momento. Fue un descubrimiento magnífico, un descubrimiento que me hizo reflexionar y reflexionar hasta caer muchas noches rendido sin haber logrado madurar la idea lo suficiente… pero una vez lo logré, ¡ay, qué calma, qué paz me invadió! No sabría expresarlo con palabras, y qué patético he de parecer ahora: no sé cuántos folios llevaré ya escritos introduciéndoles al asunto que me traía entre manos, y ahora que al fin llego al punto adecuado para exponerlo, ahora que llego al punto que tanto esperaba, no me salen las palabras… así que me limitaré a exponerles cuál fue este hallazgo.
Durante muchos años me he ido destruyendo (autodestruyendo, más bien) de forma paulatina, haciendo girones de todo aquello en lo que yo creí, de todo aquello que yo viví. Entré en una imparable espiral que llegado a cierto punto creí que me llevaría a la destrucción absoluta. Mi único error fue pensar que esa destrucción sería la muerte, pero no ha sido así (no por ahora, todavía no). La muerte es el destino de aquellos que no aguantan la destrucción y, llevados por el dolor y la agonía, intentan escapar sin éxito de la espiral autodestructiva que ya he mencionado anteriormente y que, llegado a cierto punto, no permite la marcha atrás o la duda siquiera: solo permite avanzar, y a un paso cada vez más y más vertiginoso.
En efecto, la destrucción que me esperaba al final de este delirante camino no era la muerte, sino algo mucho más magnífico. ¿Qué queda tras la destrucción? Ruinas que, si sigues más allá, conviertes en polvo y cenizas. Y una vez quedan tan solo polvo y cenizas, solo hace falta una ligera brisa que se los lleve. En mi caso, la brisa fueron aquellas noches que reflexioné largo y tendido acerca de mi descubrimiento y que, puestas al lado de todas las demás noches que he pasado, no representan más que una ligera brisa, o más bien un suspiro, pero suficiente para arrastrar consigo el polvo y las cenizas de mi ser.
Ahora he de formularles una última pregunta antes de abandonarles y devolverles a su banal y estúpido plano de existencia: ¿Qué queda una vez el viento barre el polvo y las cenizas de lo que antaño fueron ruinas, y anteriormente algo grandioso? Efectivamente, no queda nada. Tan solo un perfecto y precioso vacío, nada más. Hay algo que me gusta de la noche…
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