22/2/16

Nueve milímetros de seguridad

            Él tiene una pistola. Decidió comprarla hará un par de meses, o quizá tres. Por “cuestiones de seguridad”, dice. Ha aprendido a usarla; una preciosa nueve milímetros “Browning”. Le aporta seguridad, dice. Y por eso va con ella a todos lados. Cabeza alta, mirada altanera, el bulto bien marcado en el pantalón. A mí no me jodas, dice siempre, apartando su gabardina para dejarte ver el mango que asoma tras su cinturón, o te vuelo la cabeza. Definitivamente sí, se siente mucho más seguro.

            La gente lo observa con curiosidad por la calle; lo conocen. Saben que tiene una pistola, y que la lleva encima. Una preciosa nueve milímetros “browning”, sí, todos lo saben. Y por eso no se acercan a él. En un principio, aquello le producía satisfacción. Sabía que lo evitaban por temor, pero al tiempo se le fue haciendo raro. ¿Por qué nadie se le acercaba ? ¿Por qué todos lo evitaban, se mantenían lejos de él? Le desconcertaba. Le preocupaba. Miraba, confuso, el rostro de alguien, y enseguida le apartaban la mirada. Eh, tú, ¿qué miras? y siempre salían corriendo. Algo pasaba, sí. Alguien debía de estar conspirando contra él, y eso lo asustaba.

            La posibilidad le atormentaba por  las noches. Comenzó a dormir con su preciosa nueve milímetros “browning” bajo la almohada, eso le aportaba más seguridad. Pero aquello no era suficiente. Toda seguridad era poca, se decía. Toda seguridad era poca, se repetía una y  otra vez. Blindó la puerta de su casa, pasó noches en vela e incluso instaló una alarma que cada noche encendía. Pero toda seguridad seguía siendo poca.

            Las semanas pasaron; la paranoia no. La seguridad se esfumaba; la paranoia no. Incluso crecía más y más, a niveles que él no podía soportar.

            Todo culminó Aquella noche. Se despertó sobresaltado, había escuchado algo. Su cama estaba sudada y respiraba fuertemente. Echó la mano bajo su almohada y agarró su preciosa nueve milímetros “browning”. Y un nuevo ruido le sobresaltó. Habrán sido las tuberías, se dijo, pero… ¿y si no eran las tuberías? ¿y si al fin había llegado quien fuera que conspiraba contra él? Decidió bajar a comprobarlo por sí mismo.

            Eso hizo, bajó a comprobarlo. Cada peldaño se le hizo eterno. Cada segundo parecía estrangularlo. En cada rincón parecía esconderse alguien. Llegó a la entrada de la casa y, justo cuando comenzaba a relajarse, escuchó algo en la cocina.

            Le temblaban los dedos, los brazos y las piernas. Le caía el sudor por la frente y las axilas. Las pupilas se le dilataron aún más en la oscuridad. ¡SAL DE DONDE ESTÉS, HIJO DE PUTA! ¡SAL A DONDE YO PUEDA VERTE!. Tuvo respuesta, pero la adrenalina del momento no le dejó escucharla, o eso testificaría después. Lo describió como un gemido ahogado, quizá alguna palabra suelta que no alcanzó a entender. En efecto, su conspirador salió a donde pudiera verlo, e inmediatamente él disparó sin mediar palabra. Vació el cargador y se paró a escuchar. Nada. No se escuchaba nada. Encendió  la luz y palideció.

            Ante él estaba, tirado en el suelo, el cuerpo semidesnudo de una mujer de apenas treinta años. Pelirroja, menuda y con cuatro agujeros de más. Era su mujer.

            Aquello no pudo soportarlo. Cayó al suelo de rodillas y enmudeció allí, mirando el cuerpo inerte, durante quince largos minutos. Las lágrimas le corrían la cara, y su mirada no podía apartarse de aquel cuerpo. Pero al menos tenía su preciosa nueve milímetros “browning”.

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