18/3/15

XII Jamás.

     Su piel desnuda jugaba con las finas sábanas que la cubrían entre sueños de pasión y ternura. Hacía mucho tiempo que no la vía tan hermosa, tan grácil... Hacía mucho tiempo que no la veía. Pasé mi mano por su cuello, fino y pálido, y recordé todos los momentos que tan juntos habíamos vivido: nuestro primer encuentro tras uno de los tantos conciertos que hubo esa noche, nuestras primeras citas, tímidas y furtivas, refugiados bajo el primer techo que se ofreciera a resguardarnos de la lluvia... El primer beso. Después vinieron las noches de incertidumbre, llantos y pasiones que nunca antes dejamos salir, y las noches de lujuria y amor.

     Subí la mano, entre caricias, hasta su cabeza. Toqué su pelo, tan suave como siempre estuvo. Jugué con él, y entonces vi la herida, aún abierta. Vi la casa junto al río, vi el puente, la vi caer. Vi mis lágrimas caer junto a su cuerpo, inerte, mientras la vida se escapaba de ella, lágrimas que inconscientemente decidí emular. La sangre volvió a brotar de ella, manchando las sábanas de algo que jamás seré capaz de borrar, olvidar, perdonarme siquiera. Me empapé de su sangre, aunque ya lo estaba de mucho antes. Me revolví y retorcí en la peor de las agonías, llorando y mascullando algo que ni yo fui capaz de entender, deseando que la tierra me tragase cuanto antes fuera posible.

     El llanto se prolongó más de lo que mi memoria alcanza a recordar. Solo recuerdo llanto, llanto y sus ojos abriéndose de par en par, con el resentimiento inscrito en ellos como si me culparan de lo que pasó. Recuerdo mis ojos abrirse; recuerdo estar solo en mi cama, sobre unas sábanas cubiertas de mi propio sudor. Recuerdo prometerme no volver a soñar contigo.

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