22/12/14

IX Lisérgico.

            Gotas de agua golpean las ventanas. Estamos en el descansillo de una azotea, la azotea de un céntrico y viejo edificio de oficinas. La tormenta no ha dado tregua en las últimas horas, y no parece querer darla.

            En ese mismo descansillo, recostado contra la pared, dormita un hombre. Sus ropas, si es que pueden ser llamadas así, cuelgan de su carne, están hechas trizas y parecen ansiar caer al suelo. El hombre va descalzo a pesar del frío, y el pelo le crece libre, algo blanquecino, bajando ya de sus clavículas. En el suelo, a apenas medio metro de distancia, está lo que parece ser los restos de su cena: un par de envoltorios ahora vacíos, el corazón oxidado de una manzana, una jeringa...

            y sus ojos se abren de par en par

            De par en par. Parece sobresaltado, asustado. Ha escuchado pasos, está seguro, ha escuchado a alguien caminar, ¿o son imaginaciones suyas? ¿Quién va a subir las escaleras de un edificio de oficinas en plena madrugada con este temporal? Y más aún, ¿a quién se le ocurriría subir a la azotea de dicho edificio a esa hora? A nadie, parece decirse, a nadie. Poco a poco sus músculos vuelven a relajarse bajo la influencia de algún narcótico de tardío efecto. O quizá bajo la influencia de un combo de ellos. Sus ojos se entornan poco a poco, cerrándose, cerrándose… El sueño parece volver a él…

            y sus ojos se abren de par en par

            Sí, esta vez esta seguro. Ha escuchado pasos, sí, pasos, y esta vez más cerca, más nítidos, más rápidos. Alguien parece subir las escaleras, pero… ¿quién? El hombre permanece expectante, alerta, pero los pasos parecen haber cesado, o quizá no fueran pasos. Cada vez parece menos seguro de sí mismo. Imaginaciones mías, parece decirse, imaginaciones mías, y cada vez parece más convencido de ello, aunque él sabe que no es así. Sabe que ha oído pasos, sabe que alguien va a por él, sabe que tarde o temprano subirá, pero él sigue autoconvenciéndose de que no, no ha escuchado pasos, no, todo es su imaginación, alterada por las drogas, pero por su nuca sigue corriendo el mismo sudor, por su mente siguen cruzando los mismos pensamientos, los mismos temores, y las cañerías siguen quejándose de tanto en tanto a sus espaldas, haciendo al hombre girarse violentamente y dar un par de pasos sin rumbo fijo, sobresaltado. No ve nada, y no necesita verlo, pues él lo sabe. Sabe que no está solo, sabe que Él, su captor, el hombre de las escaleras, está ahí, frente a él, que ya ha llegado al descansillo. No hace ruido, pero él lo nota, lo siente, al igual que siente su aliento, justo frente a él. Permanece quieto, expectante, esperando a que Él haga algo, pero no parece hacerlo, no…

            y cae un relámpago

            Esta vez sí, lo ha visto, ahora sí, ha visto a su acompañante, su captor, a Él. Apenas ha durado unas centésimas de segundo el destello, pero al hombre  le han sobrado. Se ha topado frente a frente, rostro con rostro, con Él. Lo ha visto, ha visto Su rostro, sí. No le salen las palabras. Apenas sale un ruido ahogado de su garganta. Su mente está paralizada por el miedo, o por las drogas, o por un mortal combo de ambas dos, pero está paralizada, tanto que realmente ha dejado de sentir, de sentir hasta el mismo miedo. Unos dedos parecen acariciar su pómulo, bajar, suavemente, a sus labios, y subir al otro pómulo, dibujándole una sonrisa. Un susurro parece correr el ambiente, aunque ya nada es real, ni imaginario, nada es, al menos para él. Sus ojos vuelven a abrirse de par en par y el hombre vuelve a tomar control de su cuerpo, y de su mente. Decide. Echa a correr sin rumbo fijo, choca contra una pared, cambia de rumbo y se abalanza sobre una ventana. Cristales se clavan en su rostro, hacen jirones su ropa. Su cuerpo y algunos cristales que no encontraron lugar donde clavarse caen al vacío, pero a él parece no importarle.

            Uno, dos, tres segudos, y se ha librado de Él.


                                   LNekad

No hay comentarios:

Publicar un comentario