Gotas de
agua golpean las ventanas. Estamos en el descansillo de una azotea, la azotea
de un céntrico y viejo edificio de oficinas. La tormenta no ha dado tregua en
las últimas horas, y no parece querer darla.
En ese
mismo descansillo, recostado contra la pared, dormita un hombre. Sus ropas, si
es que pueden ser llamadas así, cuelgan de su carne, están hechas trizas y
parecen ansiar caer al suelo. El hombre va descalzo a pesar del frío, y el pelo
le crece libre, algo blanquecino, bajando ya de sus clavículas. En el suelo, a
apenas medio metro de distancia, está lo que parece ser los restos de su cena:
un par de envoltorios ahora vacíos, el corazón oxidado de una manzana, una
jeringa...
y sus ojos se abren de par en par
De par en par. Parece
sobresaltado, asustado. Ha escuchado pasos, está seguro, ha escuchado a alguien
caminar, ¿o son imaginaciones suyas? ¿Quién va a subir las escaleras de un
edificio de oficinas en plena madrugada con este temporal? Y más aún, ¿a quién
se le ocurriría subir a la azotea de dicho edificio a esa hora? A nadie, parece
decirse, a nadie. Poco a poco sus músculos vuelven a relajarse bajo la
influencia de algún narcótico de tardío efecto. O quizá bajo la influencia de
un combo de ellos. Sus ojos se entornan poco a poco, cerrándose, cerrándose… El
sueño parece volver a él…
y sus ojos se abren de par en par
Sí, esta vez esta seguro. Ha
escuchado pasos, sí, pasos, y esta vez más cerca, más nítidos, más rápidos.
Alguien parece subir las escaleras, pero… ¿quién? El hombre permanece
expectante, alerta, pero los pasos parecen haber cesado, o quizá no fueran
pasos. Cada vez parece menos seguro de sí mismo. Imaginaciones mías, parece
decirse, imaginaciones mías, y cada vez parece más convencido de ello, aunque
él sabe que no es así. Sabe que ha oído pasos, sabe que alguien va a por él,
sabe que tarde o temprano subirá, pero él sigue autoconvenciéndose de que no,
no ha escuchado pasos, no, todo es su imaginación, alterada por las drogas,
pero por su nuca sigue corriendo el mismo sudor, por su mente siguen cruzando
los mismos pensamientos, los mismos temores, y las cañerías siguen quejándose
de tanto en tanto a sus espaldas, haciendo al hombre girarse violentamente y
dar un par de pasos sin rumbo fijo, sobresaltado. No ve nada, y no necesita
verlo, pues él lo sabe. Sabe que no está solo, sabe que Él, su captor, el
hombre de las escaleras, está ahí, frente a él, que ya ha llegado al
descansillo. No hace ruido, pero él lo nota, lo siente, al igual que siente su
aliento, justo frente a él. Permanece quieto, expectante, esperando a que Él
haga algo, pero no parece hacerlo, no…
y cae un relámpago
Esta vez
sí, lo ha visto, ahora sí, ha visto a su acompañante, su captor, a Él. Apenas
ha durado unas centésimas de segundo el destello, pero al hombre le han sobrado. Se ha topado frente a frente,
rostro con rostro, con Él. Lo ha visto, ha visto Su rostro, sí. No le salen las
palabras. Apenas sale un ruido ahogado de su garganta. Su mente está paralizada
por el miedo, o por las drogas, o por un mortal combo de ambas dos, pero está
paralizada, tanto que realmente ha dejado de sentir, de sentir hasta el mismo
miedo. Unos dedos parecen acariciar su pómulo, bajar, suavemente, a sus labios,
y subir al otro pómulo, dibujándole una sonrisa. Un susurro parece correr el
ambiente, aunque ya nada es real, ni imaginario, nada es, al menos para él. Sus
ojos vuelven a abrirse de par en par y el hombre vuelve a tomar control de su
cuerpo, y de su mente. Decide. Echa a correr sin rumbo fijo, choca
contra una pared, cambia de rumbo y se abalanza sobre una ventana. Cristales se
clavan en su rostro, hacen jirones su ropa. Su cuerpo y algunos cristales que
no encontraron lugar donde clavarse caen al vacío, pero a él parece no
importarle.
Uno, dos,
tres segudos, y se ha librado de Él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario